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José Ángel Iribar como símbolo

Ni siquiera el año de su retirada de los campos de juego, algo que hizo de forma discreta, perdió ni un ápice de su simbolismo. Padecía una martirizante lumbalgia, y no jugaba porque no podía, pese a que Helmut Senekowitsch, su entrenador, confesaba que seguía siendo el mejor portero de su elenco.

Iribar batió en su tiempo un récord, el de Ricardo Zamora, de partidos internacionales con España. El Divino, en los años veinte y treinta, había establecido una marca que sólo el Chopo, cuarenta años más tarde, superó. Luego, con la proliferación de partidos internacionales, la profusión de torneos y las larguísimas fases finales de los grandes torneos, hubo muchos futbolistas que llegaron a esas cifras y las superaron.

La leyenda de Iribar comenzó a escribirse hace casi 50 años, el 29 de mayo de 1966. El Athletic, que entonces todavía conservaba el humillante nombre de Atlético que nadie en Bilbao llegó nunca a aceptar, jugó la final de Copa frente al Real Zaragoza en el Santiago Bernabéu de Madrid. Ese día, frente a la delantera de los cinco magníficos formada por Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra, el Athletic salió al campo con una defensa de circunstancias. La afición del Athletic, que acudió en masa, sabía que iba a ser muy complicado llevarse aquel trofeo. La plaga de lesionados provocó que ni Orue ni Etxebarria pudieran actual frente a un potentísimo equipo, que se lanzó al ataque desde el principio y provocó innumerables situaciones de peligro. Allí surgió la figura de José Angel Iribar, que lo paró casi todo. El Zaragoza llegó a pensar que no iba a poder superar aquella barrera. Al final marcó dos goles, sin que el Athletic tuviera posibilidades de replicar, pero Iribar evitó una goleada de escándalo.

Un año antes, en la plaza de toros de Pamplona, durante los sanfermines, una gran actuación de Santiago Martín, el Viti, empujó a los mozos de las cuadrillas a inventarse una canción que rezaba: "¡El Viti, el Viti es cojonudo, como el Viti no hay ninguno". Los seguidores del Athletic adaptaron esa canción el día en el que Iribar se doctoró en el Bernabéu. La melodía se repitió, desde entonces, durante toda la carrera del Chopo. La última vez que sonó fue hace buen poco: el día que se cerró San Mamés definitivamente y José Ángel Iribar saltó al campo, vestido de corto, para jugar los últimos minutos.

En el Bernabéu, aquel día frente al Zaragoza, Iribar salió a hombros pese a la derrota. Había nacido el mito.

Así que el Athletic fue durante años, que parecían siglos, Iribar y diez más. A nadie se le ocurrió nunca cuestionar esta situación, y en Bilbao jamás se discutió sobre su figura. Era, y es, un santo sin peana. Sigue firmando autógrafos allá donde va. Los antiguos posters con su longilínea figura, publicados en su día por revistas y periódicos deportivos, e incluso por algunas publicaciones de información general, como la extinta Actualidad Española, todavía se exponen en las paredes de muchas peñas rojiblancas repartidas por España.

Recuerda el periodista una final de Copa de juveniles jugada en 1992 por el Athletic, que entonces lideraba Julen Guerrero, en el antiguo campo de Los Pajaritos. Entraba al campo con el tiempo justo, rebuscando la acreditación. En la boca de acceso, el portero, con cierto temblor en la voz anunciaba: "¡Acaba de pasar por aquí Iribar!", la noticia del año en Soria.

En Bilbao lo fue siempre. ¿Qué seguidor del Athletic en los años sesenta y setenta, de visita en Zarautz no se acercó a la plaza del pueblo a ver de cerca, e incluso tocar las paredes del caserío Makatza, la casa solariega de los Iribar? Allí mismo se comenzó a forjar la leyenda, en la reunión familiar en la que se decidió que el Chopo podría fichar por el Basconia. Las mujeres de la saga se oponían porque José Ángel era el primogénito, es decir, quien debía seguir adelante con las tareas del caserío. Su padre también estaba en contra. Tenía a favor a su ama y a sus hermanas. Al final ganó el fútbol y el joven Iribar viajó por primera vez a Bizkaia, meses después de que la Real Sociedad le hiciera una prueba y descartara su fichaje.

También el Basconia estuvo a punto de hacerlo, pero apareció Piru Gainza, que se comprometió a hacerse cargo de su ficha si el club no lo hacía, así que fichó, se quedó a vivir en la pensión Ibarrondo, en la que residió hasta su boda, ya como jugador del Athletic, y comenzó a fraguarse la leyenda.

Los mitos rojiblancos también pueden ser de carne mortal. El primero, en 117 años de historia es Rafael Moreno Aranzadi, Pichichi; el último, José Ángel Iribar Cortajarena, un nombre cuyos dos apellidos se sabían todos los niños de los años sesenta y los de los setenta, porque cuando un futbolista te acompaña en la infancia y la adolescencia, en el franquismo y en la transición, parece tener vida eterna.

Nunca fue más cierto que en su caso, lo de Iribar y diez más, porque así era. En tiempos del Chopo, hubiera resultado impensable un debate similar al que envuelve a Iker Casillas. Cuando caía lesionado, el portero que ocupaba su puesto, fuera Deusto o Marro, sabía que tendría que dar un paso atrás cuando volviera Iribar. Cuando estuvo noventa días enfermo por unas fiebres tifoideas, que estuvieron a punto de matarle, y por cuya recuperación se rezaron decenas de rosarios en Bizkaia, Zaldua, que después se convirtió en afamado hostelero, sabía que su puesto de titular en el Athletic era solo provisional. Que el regreso de Iribar volvería a relegarle al banquillo. Todos asumían su jerarquía.

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